Esta historia me llegó a través de un amigo, protagonista directo de la misma.
Como hoy, 19 de junio, se cumplen ya 28 años de ese acontecimiento, transcribo la misma.
Un abrazo, Tinchex!
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Countdown
sábado, junio 20, 2009
El gol soñado
domingo, mayo 10, 2009
Photohunt Nro.26
El tema de la semana es "en memoria".
Por supuesto, mi recuerdo es para él...
Te extraño, viejo.
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This week's topic is 'in Memory'.
Of course, my memory s for him...
I miss you, dad.
jueves, mayo 07, 2009
El crack que no fue
Algunas brujas del pueblo comentan en días de tormenta que supo vivir por la zona un pibe que jugaba bien al fobal, pero que atacado por vaya a saber uno que tipo de maldición nunca pudo llegar a destacarse en el fútbol grande.
Según los cuentos, el pibe la descosía en los picados del barrio, allá en el baldío de la calle Balcarce. Si, donde ahora vive la gorda esa que espanta a los chicos que pasan en bicicleta por su vereda.
Tan bien jugaba el pibe que hasta los que pasaban frente al baldío detenían su marcha para verlo.
Sus gambetas levantaban polvareda, y las piernas de sus rivales, a veces con un poco de mala intención, parecían flamear en el aire cuando el pibe pasaba con la pelota pegada a sus pies.
El grito de gol le llenaba el pecho, aunque solamente era un partido entre los chicos de la cuadra, y se agarraba del poste de luz como simulando colgarse del alambrado de una imaginaria cancha profesional.
Todos decíamos, cuando Fulanito sea grande, la va a romper en algún club importante.
Y el fútbol era parte de su vida.
Sí, iba a la escuela... y era buen alumno. No crean que solamente la pelota era la dueña de su vida.
El tipo se daba maña hasta para ser normal.
Que lo parió.
Y a nosotros, que disfrutábamos su juego cuando nos tocaba ser parte de su equipo, también nos daba una bronca bárbara cuando la pisadita lo mandaba para el rival.
Pero lo queríamos mucho, rivales o no.
Siempre amigos.
Y así le llegó la oportunidad de empezar a jugar "por los porotos".
Uno de esos tipos que siempre andan yirando por ahí, buscando talentos para el fobal "denserio", lo vio y no dudó.
"A éste lo ficho", seguramente se dijo, y a la semana siguiente ya estaba entrenando en la Octava de un club de la ciudad.
Pero Fernandito, que así se llamaba, no se olvidaba de sus amigos.
"Mañana no entreno", nos gritaba desde su bicicleta, y ya nos poníamos en campaña para organizar el picadito.
A mí no me costaba nada.
Yo vivía al lado del baldío y encima era el depositario de la redonda, así que enseguida hacía correr la voz y listo.
Y cuando nos juntábamos volvíamos a ser los de siempre. Pisadita, elección de equipos y a otra cosa.
Gambetas, paredes con los compañeros y con la medianera de mi casa, goles, abrazos, y cuando era necesario... pum para arriba y a sacarla que quema. En fin, todo lo que brinda un fobal de potrero.
Hasta ir a buscarla a la casa de algún vecino, momento álgido que nos daba bronca... más por la suspensión temporal del partido que por el hecho de enfrentar a la "de la escoba". O trepar la medianera de casa porque la pelota iba a dar ahí, y a seguir jugando.
Y Fernandito que seguía haciendo magia con sus pies.
Pero, como lamentablemente pasa, un día la magia se fue.
Vaya a saber porque razones del destino, todo pasó.
Y sí, seguimos jugando, juntándonos, maltratando la pelota, pero ya no era lo mismo.
Y hasta la octava de aquel club de barrio perdió la magia que había empezado a mostrarse en los torneos de Liga.
Y crecimos, y el baldío empezó a olvidarse.
Los arcos de madera que había hecho mi viejo terminaron por desaparecer y al final, alguien decidió construir.
Y yo me fui del pueblo, para regresar años después.
Y les juro, que aún, a pesar de la casa que se levanta en ese lugar, me parece ver la canchita, los arcos, y hasta escuchar la voz de Fernandito que nos gritaba "mañana no entreno!"
(dedicado a Fernandito Alemany, que se nos fue tempranito, "redepente" como decía alguien).
domingo, octubre 26, 2008
El tunel del tiempo
Pasó mucho tiempo...
Más de diez años...
Sí, creo que más que eso.
Por esas cosas que tiene la vida, y un poco también por esas cosas que nos van trayendo los años, sistemáticamente me negaba a pasar por mi barrio natal.
Que se yo, a principio era solamente que me quedaba a trasmano, y a eso le sumaba que las personas que vivían allí ya no estaban, ya sea por mudanza o porque habían partido más "lejos" aún.
Después fue, simplemente, negación.
No querer volver a transitar aquellas calles en las que pasé mi niñez y mi adolescencia, con intervalos obvios dada mi primera mudanza a Pehuajó.
Sin embargo, de una manera u otra, nunca me alejaba del barrio.
Bueno, mi vieja, mi hermano, mis suegros, mis amigos siguen viviendo en Martínez, así que aunque uno se resista a pasearlo... el barrio siempre está.
Pero, MI calle, MI casa, esa si... esa quedaba postergada.
Muchas veces, cuando iba de la casa de mi suegra a la de mi hermano, y lo hacía en el auto, me agarraba la tentación de "desviarme" y tomar la calle Pirán y volver a pasar por aquella cuadra del 200 donde me crié, crecí, aprendí a caminar, a hablar, a compartir, a descubrir las cosas de la vida.
Muchas veces... pero siempre me resistía a la tentación y agarraba por otro lado.
Cosas de viejo...
Pero... todo tiene un fin.
Víspera de Navidad del 2005.
Visita a la casa de mi hermano para reunirnos.
Subimos al coche con Victoria, Clara y Valentina, rumbo a lo de Gus.
Y cuando agarramos Hipólito Yrigoyen... CLICK.
"Voy a hacer algo que no hago hace años.. mejor dicho que no quería hacer", les dije.
Las chicas se miraron entre sí y seguramente habrán pensado que se traerá entre manos este desquiciado.
Un poco adivinando su "preocupación", les largué:
"Les voy a mostrar MI barrio, la casa donde nací, donde crecí..."
Entonces enfile para la plaza, agarré la diagonal, luego Sargento Cabral y desemboqué en mi calle Pirán.
Les confieso que el solo hecho de ver "Gral. Pirán" en un cartel me dio un cosquilleo.
Así llegué al 200 de Pirán y estacioné.
Les fui contando donde vivía, donde vivían mis amigos, donde jugábamos al fobal, y varias historias más.
Hasta saqué algunas fotos de esos lugares, cambiados ya por el tiempo y los nuevos dueños.
Como no podía ser menos, hasta hubo espacio para una anécdota.
Mientras le sacaba fotos al frente de la casa de los Marina, una señora de la casa de enfrente (donde estaba estacionado mi coche) me encara con un dejo de desconfianza y me pregunta porqué estaba sacando fotos.
Mi primera reacción fue tratar de disculparme y explicarle un poco la historia: que yo vivía allí, que me había criado en el barrio, que se lo estaba mostrando a mis hijas, etc...
La expresión de la señora empezó a cambiar y mi mente empezó a aclararse, hasta que reconocí en ella a una ex-vecina, la cual aún vivía en la casa en la cual se había criado.
La alegría fue mutua, pues ella también me reconoció pese a la chorrera de años que había pasado.
Así fue que terminamos recordando viejas épocas, me terminó contando sobre ex-vecinos, y todo finalizó con saludos para los respectivos hermanos y con grandes sonrisas y, porque no, emociones.
Subí en silencio al auto, las chicas también estaban calladas. Arranqué.
Recuerdo que Clara me preguntó: "Estás bien?"
"Sí", le mentí.
Y seguimos rumbo a casa de Gustavo.